Los miedos infantiles son una parte natural del desarrollo emocional de los niños. A medida que exploran el mundo que les rodea, se enfrentan a situaciones nuevas y desconocidas que pueden generar ansiedad. Estos miedos son normales y, en muchos casos, temporales, pero es esencial que los adultos comprendan y acompañen a los niños en el proceso de afrontar y superar estas preocupaciones.

Las emociones son una parte importante en la vida de cualquier persona, ya que diariamente nos enfrentamos a muchas situaciones que nos producen unas u otras emociones. A lo largo de la vida aprendemos a identificar y gestionar cada una de las emociones; a medida que avanzamos en nuestro desarrollo madurativo y a partir de experiencias pasadas, crecemos en lo que definimos como inteligencia emocional.

Una de las cinco emociones primarias es el miedo, que es una respuesta emocional natural y adaptativa que se activa ante situaciones percibidas como amenazantes o peligrosas. Es una emoción básica que ha evolucionado como parte del instinto de supervivencia de los seres vivos y que prepara al organismo para enfrentarse o huir de una amenaza, desencadenando una serie de respuestas fisiológicas y psicológicas.

Los miedos infantiles pueden surgir de diversas fuentes. Algunos son innatos, como el miedo a la oscuridad o a los ruidos fuertes, mientras que otros se desarrollan a partir de experiencias personales o influencias externas. Los niños también pueden adoptar miedos de los adultos que les rodean, de personas de su entorno o a través de la exposición a medios de comunicación, libros o historias.

psicóloga Badalona

CRISTEL ROBLES

Psicóloga del Centro Giner de Badalona

MIEDOS MÁS FRECUENTES EN LA INFANCIA

Los miedos infantiles son muy frecuentes en los niños, sobre todo a edades inferiores a los 8 años. Entre los más comunes destacan:

  • Miedo a la oscuridad: Este puede ser el miedo más común en la infancia. La oscuridad puede resultar desconcertante para los niños, ya que su imaginación puede crear situaciones aterradoras en entornos con poca luz. Poner una pequeña luz en la habitación puede ser reconfortante para muchos y aliviar un poco este miedo.
  • Miedo a monstruos o criaturas imaginarias: Es muy habitual que los niños crean que estos seres aterradores existen. Como adultos, es esencial tranquilizarles y explicarles que estas criaturas solo existen en su imaginación.
  • Separación de los padres: Los niños pequeños suelen sentir ansiedad al separarse de sus padres, ya sea para ir a la guardería o al colegio, quedarse en una casa que no es la suya una tarde o una noche… Puede que no estén entendiendo por qué tienen que separarse de su figura de apoyo y enfrentarse solos a una situación más o menos desconocida. También puede ocurrir que el niño no comprenda que solo será por un rato y que después los padres volverán; pueden llegar a vivirlo como una amenaza de abandono.

Esta es una etapa normal del desarrollo y generalmente mejora con el tiempo y la familiaridad con las rutinas. Es importante hacer entender a los niños que al cabo de un rato mamá o papá volverán a recogerle e incluso plantear una posible actividad que le guste al niño y que podáis realizar después juntos. A la vez, es importante fomentar su autonomía, para que poco a poco perciban como segura la situación de estar sin sus cuidadores, sabiendo que podrán hacer algunas cosas por sí mismos.

  • Miedo a lo desconocido: Las situaciones nuevas, las personas extrañas o los lugares desconocidos pueden provocar ansiedad en los niños. La exposición gradual y una explicación adecuada pueden ayudarles a enfrentarse a estos miedos.
  • Miedo a los ruidos fuertes: Los sonidos intensos, como los truenos o los fuegos artificiales, pueden asustar a los niños. En este caso es importante proporcionar consuelo y explicar la causa de esos ruidos para ayudarles a sentirse más seguros.

Orientaciones para trabajar los miedos con los niños

En general, podemos observar que en todos estos miedos infantiles, el apoyo de las figuras de referencia es esencial para que los superen. Consideramos que en la mayoría de estos miedos coinciden las actuaciones que los padres pueden realizar para ayudarles, entre las cuales destacamos:

  • Comunicación abierta: Fomentar un ambiente en el que los niños se sientan cómodos expresando sus miedos. Escuchar con empatía y validar sus sentimientos les brinda seguridad.
  • Psicoeducación y exposición gradual al estímulo temido: Explicar de manera sencilla las situaciones que generan miedo y exponer de forma gradual a los niños a esas experiencias puede ayudarles a superar sus temores.
  • Rutinas: Establecer rutinas predecibles proporciona seguridad a los niños. Saber qué esperar en los diferentes momentos del día puede reducir la ansiedad.
  • Refuerzo positivo: Reconocer y elogiar los esfuerzos de los niños para afrontar sus miedos refuerza su valentía y su fortaleza emocional. Podemos utilizar frases como: “Lo estás haciendo muy bien” o “Eres muy valiente”.
  • Evitar ridiculizar o minimizar: Es esencial tomar en serio los miedos de los niños y validar las emociones que estos les pueden generar. Ridiculizar o minimizar sus preocupaciones puede hacer que se sientan incomprendidos.

En resumen, los miedos infantiles son una parte normal del crecimiento y el desarrollo. Al comprender y apoyar a los niños mientras se enfrentan a sus temores, los adultos desempeñan un papel crucial en el fortalecimiento de la resiliencia emocional de los más pequeños. Con paciencia y empatía, podemos ayudarles a superar estos miedos y crecer como personas seguras y valientes.

¿Cuándo hay que pedir ayuda a un psicólogo infantojuvenil para tratar los miedos?

Pero, ¿cómo saber si el miedo es normal para la edad y el desarrollo madurativo del niño o si este miedo es desproporcionado y sería recomendable pedir ayuda? Diferenciar entre el miedo normal y una fobia implica considerar algunas variables como la intensidad de la reacción, la duración de los síntomas y el impacto en la vida cotidiana.

Por un lado, los miedos normales en el desarrollo de los niños son una respuesta emocional proporcional a una situación real o que el niño percibe como peligrosa y suelen disminuir una vez que la situación amenazante ha pasado o se ha resuelto. La intensidad del miedo suele ser manejable, temporal y acorde con la amenaza. Aunque el miedo puede generar incomodidad o estrés temporal, por lo general no interfiere de forma significativa en la vida diaria ni limita las actividades normales que suele realizar el niño.

Por otro lado, la fobia implica un miedo extremadamente intenso y desproporcionado en relación con la situación o el estímulo específico, que posiblemente no encaje con la realidad. Puede desencadenar una respuesta de pánico significativa, incluso ante la simple anticipación del objeto o situación temida, es decir, solo con pensar que puede ocurrir.

Las fobias persisten durante seis meses o más y a menudo se mantienen en el tiempo si no se tratan. La ansiedad asociada a una fobia puede aumentar con el tiempo. Además, la fobia puede tener un impacto significativo en la vida cotidiana, haciendo que el niño no quiera acudir o evite la situación u objeto temido y que generalice este miedo irracional.

Por todo ello, si sospechas que tu hijo puede estar experimentando una fobia, es recomendable buscar la ayuda de un profesional, ya que esto puede marcar la diferencia en la gestión de la fobia y mejorar la calidad de vida del niño y de vuestra familia.

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